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   EL CERCO DE ZAMORA

 

 

 

Como zamoranos tenemos el compromiso de difundir una de las más importantes gestas históricas que tuvieron lugar en nuestra ciudad durante la Edad Media; ésta no es otra que el conocido Cerco de Zamora, sobre el que tantos ríos de tinta han corrido. A mitad de camino entre lo histórico y lo legendario, lo cierto es que su importancia ha sido enorme, tal y como atestiguan la gran cantidad de versiones que se han hecho de él en los siglos posteriores a estos hechos, ocupando incluso el tiempo del gran lingüista Menéndez Pidal, quien se dedicó a su recopilación. Como nota anecdótica hay que señalar que no sólo ocupó el tiempo de este ilustre personaje, sino también muchos ratos de nuestra infancia ya que era común aprender de memoria pasajes para luego recitarlos en el colegio.

Muchos son los recuerdos que aún perviven de aquella gesta en la Ciudad, de hecho, del coraje que mostraron sus habitantes ante el asedio del rey Sancho II proviene el dicho: Zamora no se ganó en una hora.

Hoy en día, en las noches de verano es frecuente encontrarse en las calles del casco antiguo representaciones teatrales que recorren los sitios donde tuvieron lugar los hechos narrados en el poema. En relación con esto último está el arte románico de la ciudad, cuyos edificios más antiguos fueron testigos del acontecimiento; así hay que hablar de la denominada Casa del Cid o Palacio de Don Arias Gonzalo, alcaide de la Ciudad, en el solar del que fuera Palacio de Ordoño III, según señalan las últimas investigaciones. También destaca el importante papel de la muralla con su Postigo Viejo, denominado tras la gesta como Portillo de la Traición, por ser éste el lugar elegido por el traidor Bellido Dolfos para introducirse en la ciudad tras asesinar al Rey; o la que fuera en otros tiempos Puerta del Mercadillo, sobre la que se levantaban tres pináculos que representaban a los tres hijos muertos de Don Arias Gonzalo durante el reto contra el noble castellano Diego Ordoñez en el Campo de la Verdad, donde es visible una cruz que se señala el lugar donde le fue asestada la puñalada al Rey.

Pero sobre todo lo demás hay que destacar la participación de Rodrigo Díaz de Vivar, llamado El Cid, cuya vida estuvo muy ligada a Zamora ya que aquí transcurrieron sus primeros años de aprendizaje como caballero bajo la tutela de Don Arias Gonzalo, ayo de los infantes de León, y donde fue armado caballero por el rey Fernando I en la antigua iglesia de Santiago de los Caballeros; además, se le ha atribuido un romance con la entonces señora de Zamora: doña Urraca, hija del rey Fernando I.

 

Tras esta introducción vamos a pasar al Cantar del Cerco en sí mismo; en él se narra el asedio al que fue sometida la ciudad por parte de las tropas de Sancho II tras el reparto del reino hecho por su padre Fernando I, con el cual estaba en desacuerdo, ya que consideraba que por ser el primogénito entre los varones tenía derecho a heredarlos íntegramente y no una única parte; por ello, tras morir su padre se dedicó a desheredar a sus hermanos: primero se apoderó de Galicia, en manos de su hermano García, al cual hizo prisionero; después luchó contra Alfonso por el reino de León y éste tuvo que huir a Toledo donde obtuvo la protección del rey de dicha taifa; tras ello se dirigió a Toro, arrebatándosela a su hermana menor, doña Elvira; y por último, puso rumbo a Zamora donde se encontró con la negativa de su hermana mayor, doña Urraca, a entregarle la ciudad, sometiéndola por tanto a asedio hasta que se rindiese. Y fue aquí, en Zamora, donde comenzó el principio del fin del osado Sancho II; tanto los zamoranos como su señora decidieron resistir ¡y vaya si lo consiguieron!; tras largos meses de acampada en las inmediaciones de la ciudad, el rey Sancho impaciente y haciendo caso omiso a sus allegados decidió aventurarse a acompañar a un caballero, llamado Bellido Dolfos, que aseguraba conocer una entrada secreta a la ciudad a través de la cual lograría que ésta capitulase. Craso error, porque el tal Bellido Dolfos no hizo otra cosa que engañarlo y, ya apartados del campamento y en un lugar próximo a las murallas, en un inoportuno “apretón matutino” del monarca aprovechó para clavarle un puñal en la espalda, tras lo cual huyó; pero el pobre infeliz no contaba con la presencia del valiente Rodrigo Díaz de Vivar, quien al darse cuenta de la ausencia del rey desconfió y les siguió. Viéndose el alevoso descubierto salió corriendo hacia la ciudad y se introdujo en ella a través del Postigo Viejo, conocida desde entonces como Puerta de la Traición, no pudiendo ser atrapado por el caballero castellano ya que su caballo no estaba herrado.

Al enterarse de lo ocurrido doña Urraca ordenó ajusticiar al traidor, pero los castellanos afirmaban que éste había sido enviado por la infanta con el encargo de asesinar al rey por lo que uno de ellos: Diego Ordóñez se atrevió a retar a Concejo, esto es, en un arranque de osadía retó a toda la ciudad, incluso a los muertos y a los que aún estaban por nacer; por tanto tuvo que batirse con cinco caballeros zamoranos en el Campo de la Verdad, lugar donde por tradición se celebraban los duelos. Allí se batió el castellano con tres de los hijos de Arias Gonzalo, dando muerte a los tres con la mala fortuna de que el último le asestó un golpe que le hizo perder las riendas del caballo, el cual desbocado se salió de los límites del campo dando la victoria a los zamoranos que de esta manera salvaron su honor y no podían ser llamados traidores. Imagínense la rabia del castellano por la situación.

 

Tras estos hechos Alfonso VI, hermano de Sancho II, se vio obligado por el Cid a jurar en secreto en la iglesia de Santiago de los Caballeros, y con anterioridad a Santa Gadea en Burgos, que no había tenido nada que ver en la muerte de su hermano. A partir de este momento la rivalidad entre ambos hombres se hizo patente en los dos destierros a los que fue confinado el Cid, así como en otros muchos encontronazos que tuvieron.

El honor de Alfonso VI quedó limpio con los citados juramentos, pero sobre la infanta doña Urraca siempre planeó la sombra de la duda y siempre ha sido tenida como la instigadora del asesinato; puede que así fuera ya que estamos hablando de una época convulsa en la que las luchas por el poder y los fratricidios y parricidios eran frecuentes, pero, haciendo una reflexión, puede que se tratase de una manera de desprestigiar a una mujer inteligente con dotes para el gobierno e interesada en política, y esto no es tan descabellado porque, la verdad, incluso hoy en día no se termina de aceptar que una mujer pueda tener más capacidades para el poder que un hombre, inventándose, de manera similar a lo que ocurre con la prensa rosa, distintos amoríos para dañar su imagen, e incluso el incesto ya que se la vinculaba con su propio hermano Alfonso VI.

 

© L. Illana Gutiérrez y A. Fdez Ferrero    

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